10 de enero de 2011

Anomia: éxito y fracaso

Decía en el post anterior que, según Mertón y Durkheim, la anomia es una propiedad de la estructura social y cultural, no una propiedad del individuo confrontado con la estructura ((ver)).
Un caso: éxito y fracaso como manifestación de anomia.

La teoría dice que toda importancia extrema dada al éxito -aclara Merton: sea éste la productividad científica, la acumulación de riqueza personal, o un pequeño esfuerzo de la imaginación- atenuará la conformidad con las "normas institucionales" ((ver)) que gobiernan la conducta dirigida a conseguir la forma particular de "éxito", en especial entre quienes resultan socialmente perjudicados en la carrera de la competencia.
Es el conflicto entre las metas culturales y la posibilidad de emplear medios institucionales -sea cual fuese el carácter de las metas- lo que produce la tendencia hacia la anomia (hasta llegar a una especie de "el fin justifica los medios", frase de Machiavello) ((ver)).
Una característica distintiva de la sociedad norteamericana, que Merton toma de referencia, es el fuerte acento sobre el "éxito financiero", tanto que es, puede afirmarse, una "sociedad que premia la opulencia económica y el ascenso social para todos sus individuos". El carácter distintivo de esta pauta es doble:
  • el esfuerzo por el alcanzar el éxito no es cuestión de individuos que tienen impulsos adquisitivos casuales, sino que es una expectativa socialmente definida, y
  • esta expectativa se considera apropiada para todos, independientemente de su suerte inicial o la situación vital. 
Las orientaciones culturales (de la prensa, la literatura, la educación formal e informal y las instituciones) predominantes otorgan importancia prevalente a esta forma de éxito, y encuentran moralmente apropiado que todos luchen por alcanzarlo.
Esto implica que la cuestión éxito-fracaso son resultados exclusivos de las cualidades personales (corolario: el hombre se hace o deshace a sí mismo). De este modo el fracaso en principio representa, dice Merton, una doble derrota: a) explícita, de quedarse en la "carrera" por el éxito, b) implícita, de no tener los "talentos" ni la fibra moral necesarios para el éxito.

El mandato moral de tener éxito ejerce, pues, una presión para triunfar por procedimientos "justos" si es posible y por procedimientos "sucios" si es necesario... Las normas morales siguen, naturalmente, reiterando las reglas del juego y pidiendo "juego limpio", aún mientras la conducta se aparta de la norma... (Esto se desarrollará con Mileo-Abadi y Grondona). Los manuales del éxito estimulan: "entra a ganar", haciendo uso de todos los medios disponibles para trepar más rápido que los demás competidores... (Merton, "Teoría", cit., p. 248).
Un ejemplo desde la economía neoinstitucional puede evidenciarse en el "oportunismo" y su relación con los costos de transacción. El oportunista busca su propio interés con dolo. Esto podrá implicar tanto la "revelación incompleta o distorsionada de la información" como el "acopio y procesamiento inadecuado de esa información". En ambos casos la ecuación económica de las relaciones, desde el punto de vista institucional, es alterada (ver Willamson, "Las instituciones económicas del capitalismo", México, 1989). 
La palabra es "ambición". Pero socialmente se ha detectado que la cultura del éxito al alcance de todos tienen limitantes: 
  • la estructura misma de oportunidades concretas, y 
  • las consecuencias desmoralizadoras de la ambición sin limitaciones teóricas. 
Estos temas serán tratados en los post siguientes.